miércoles, 16 de abril de 2014

Compresión Lectora Inferencial

Posted By: Unknown - 4:51 p.m.

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Vida en la Oscuridad

Según definición la adicción es el “habito de quien se deja dominar por el uso de alguna o algunas drogas toxicas”. Esta enfermedad es progresiva y puede, en algunos casos, ser fatal. Para prevenirla revisar sus causas y consecuencias ayudaran a los que sufren de este mal.

Muchas veces la adicción a las drogas surge por problemas dentro de la familia (incomprensión, falta de comunicación, golpes, maltrato, rechazo, abandono, falta de recursos económicos, dificultades escolares, pobreza absoluta y desamor). Algunos jóvenes inician el consumo de drogas por la insistencia de los amigos, quienes buscan el momento adecuado para inducirlo a ello. En ocasiones, la causa es una curiosidad insana. Observan a su alrededor a otros jóvenes y quieren probar para experimentar lo que ellos sienten.

Aunque al principio parece que se obtiene una cierta gratificación aparente, debemos tener presente que las drogas destruyen las neuronas cerebrales y producen una disminución de la materia gris del cerebro. También deterioran progresivamente la salud porque disminuye la capacidad pulmonar, produce tos y bronquitis. Por otro lado el ser drogadicto desprecia los vínculos familiares y amistosos y se encierra en un circulo marginal donde resulta fácil conseguir la droga. Así, pierde la noción de la familia y amigos de los que prefiere mantenerse alejado.

Pregunta Nº1
El título “Vida en Oscuridad” se debe a:

Pregunta Nº2
Se corrige del texto que si una persona tiene malas relaciones familiares y malas amistades:

Pregunta Nº3
Sin una persona se deja influenciar por las drogas pero no se deja manipular por ellas:

Pregunta Nº4
Se deduce del texto que las drogas:

Pregunta Nº5
Si una persona sufre de enfermedades pulmonares y disminución de materia gris:


  • Guía de Habilidades Comunicativas, ISIL 1er Ciclo 2014

El Futbol en Pantalla

Debo  decir  que  las  retransmisiones  futbolísticas  de  nuestra  televisión  me  parecen buenas, técnicamente perfectas. La posición de las cámaras (sin olvidar nunca que el fútbol es un juego de equipo donde también juegan los que no tienen el balón), el seguimiento del jugador que corre, el enfoque del que le sale al paso, que en cualquier momento  puede  convertirse  en  protagonista;  esto  es,  la  visión  y  previsión  de  las jugadas, hacen de la televisión española una de las más expertas a la hora de transmitir un partido de fútbol. Técnicamente, pues, no hay nada que objetar. La objeción que se me ocurre apunta a la voz, al acompañamiento literario. Se diría que algunos comentaristas deportivos han olvidado la revolución informativa que la televisión representa respecto de la radio y siguen aferrados a los viejos recursos de la efusividad verbal, esforzándose por traducirnos lo que estamos viendo con nuestros propios ojos. El comentarista de fútbol habla demasiado, incurre constantemente en redundancia, repitiendo para el espectador algo que el espectador ya sabe porque está siendo testigo de ello. Aquella fogosidad de los viejos comentaristas sigue viva en algún locutor, que no acaba de comprender que el vehículo de información actual es el ojo mientras que el oído es un simple complemento. Para perfeccionar las actuales transmisiones de fútbol bastaría con que el comentarista advirtiese que estamos viendo lo mismo que él y que si acaso precisamos alguna ayuda es para que nos recuerde el nombre del jugador que en cada momento tiene la pelota. Nada más. Que Fulano avance a trompicones contra la defensa o que Zutano sortee habilidosamente a tres contrarios son cosas que saltan a la vista: ante la nuestra, también. Sobra, por tanto, toda referencia al respecto.

Cuando la radio era el único medio de transmitir un partido, los comentaristas no sólo tenían que informarnos verbalmente de los pormenores, sino, a ser posible, envolver la jugada  en  una  cálida  verbosidad  que  conmoviese  nuestra  sensibilidad  deportiva. Aquellos hombres, su palabra, solían conseguir este milagro; de ahí que se les considerase unos auténticos hombres de radio. Pero todos sabemos que la televisión es otra cosa. La televisión nos muestra lo que está ocurriendo en el estadio y, en consecuencia, es absurdo que simultáneamente alguien nos lo cuente. La retórica resulta superflua, gratuita y ridícula.
El espectador de un partido de fútbol suele estar bastante informado  del  reglamento  como  para  interpretar  por  sí  mismo  las  jugadas  que  se desarrollan ante sus ojos. Por eso, en lugar de parlotear, lo que hay que hacer es reconocer  a la  imagen  toda su  pureza  y expresividad.  Y explicarla únicamente  en aquellas ocasiones en que su complejidad así lo aconseje. Esta imagen muda, acompañada por el fragor de la grada —voces, canciones, aplausos—, nos produciría la sensación de que estamos en el campo y, en consecuencia, haría menos enojoso y evidente  que  estamos  ante  la  televisión.  Cuando  asistimos  a  un  partido  de  fútbol, nuestro deseo es presenciarlo, en modo alguno escuchar la interpretación que nuestro vecino de localidad hace de las jugadas que también nosotros estamos contemplando.

Pero todavía es peor la transmisión de partidos en diferido, cuando se nos muestra que el comentarista ha visto las imágenes previamente y tiene el descaro de anticiparnos lo que en cada instante va a suceder, privándonos de aquello que en deporte es importante: la sorpresa. Para empezar, los resúmenes de los partidos jugados deberían facilitarse antes de los resultados. Descubrir uno por sí mismo cómo termina aquello es una aspiración legítima del espectador televisivo. Mas si esto es demasiado pedir, contenga su  palabrería  el  comentarista,  absténgase  de  anunciar  que  «en  la  próxima  jugada veremos el primer gol del Barcelona», o «una entrada violenta de Perengano de la que el árbitro no se entera». ¡Por favor, señor comentarista: concédanos el pequeño placer de descubrir por nosotros mismos el gol del Barcelona o la violencia de la entrada de Perengano y la impasibilidad del juez! En su afán de hacernos ver que ellos ya lo conocen todo, los comentaristas en diferido privan al espectador hasta de la emoción de esos balones envenenados que rebotan en la madera de la portería. «Estén atentos, señores, porque veremos ahora cómo  el remate de Menganito  es rechazado por el poste». La omnisciencia del locutor de partidos es sencillamente insufrible. Lo único que nos queda por descifrar es cuál de los tres maderos de la portería es «el que repelió el disparo de Menganito».

Una imagen que requiere ser explicada es una mala imagen. Y afortunadamente las imágenes futbolísticas de nuestras cámaras de televisión suelen ser buenas, cuando no excelentes. Siendo esto así, la televisión únicamente debería recurrir a la retórica cuando la imagen que nos facilita no es lo suficientemente explícita. Todo lo demás son ganas de redundar y ponernos de mal humor.
(Adaptado de M. Delibes, Pegar la hebra)

1.- ¿Qué hacen que las retransmisiones futbolistas  de la televisión españolas sean buenas?

2.- ¿Qué han olvidado los comentaristas  de fútbol actuales?

3.- ¿Qué error cometen el comentarista en la transmisión de partidos en diferido?

4.- ¿De qué privan al espectador los comentaristas en diferido?

5.- ¿A que debería  recurrir la televisión?

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